A veces pensamos que está bueno no estar triste, y nos esforzamos cada día por no estarlo. Creemos que el no estar tristes nos hace felices, pero no siempre la fórmula es tan directa, tan simple.
A veces simplemente no estamos tristes, ni felices. Estamos.
De un tiempo a esta parte, yo personalmente me propuse no buscar la felicidad, porque me di cuenta que en realidad es algo que dura muy poco, instantes. Entonces estar buscando todo el tiempo un "instante" no me parecía que tuviera sentido. Pero claro, necesitaba igualmente un proyecto, un objetivo inmediato para ocupar mi mente, mi alma y mi cuerpo. Y decidí meterme con algo que hacía tiempo no me metía: conmigo misma.
Decidí darme el permiso de estar triste, angustiada, de ser infeliz, de sentir el alma pesada, el pecho oprimido. Decidí transitar estos estados, no asustarme, no luchar contra ellos, ser parte de ellos y entender que son parte de mí. Porque en definitiva, si logro entenderlos, voy a conseguir entenderme a mi misma. Entonces, tarde o temprano, eso me va a llevar a la felicidad. Sea cual fuere. Se presente en el formato en que se presente.
Hoy me desperté triste, con el pecho comprimido; como cuando uno arruga una gran hoja blanca, y la transforma en una compacta pelotita de papel.
Me desperté así, y me dije: "está bien, hoy estoy triste, veamos dónde me lleva el día".
No tener miedo, transitar, vivir, sentir.
No hay comentarios:
Publicar un comentario