viernes, 10 de junio de 2016

mensajes en el contestador

Estás ahí?? Siguen tus ávidos ojos leyendo mis temerosas palabras? Sigue tu boca sonriendo ante un diálogo imaginario? Siguen tus manos acariciando la pantalla cuando un recuerdo compartido aparece? Sigue tu respiración quebrándose cuando se traspasa la tristeza por esas letras sueltas? Siguen tus lágrimas cayendo sobre el teclado cuando me imaginás escribiendo? 

Sigo pensando en tu sonrisa? Sigo mirando tus ojos iluminados esas tardes calurosas en un baño perdido? Sigo llenando mis silencios con tu carcajada? Sigo ocupando mi inerte cuerpo con el recuerdo de aquel baile de sombreros alegres? Sigo buscando en el espejo, cada mañana, aquel reflejo que me regalaba el de tu casa? Sigo desorientada saboreando esos besos robados?

Estás ahí? Me preguntás cosas en voz baja? Querés saber de mí? Me querés ver? Me querés? Me olvidaste? Me recordás a veces? Sonreís cuando, de vez en cuando, te acordás de mí? Pensás en los aromas? En mi aroma? Recordás cómo olía? Querés recordar? Me escuchás cantando? Te acordás el ruido de mis labios bebiendo? Te acordás de mis labios? El roce con los tuyos? Te acordás?

Te sigo hablando en mis pensamientos perdidos? Te pienso recostado mirando por la ventana aquellas noches de verano? Te sigo escuchando en las gotas de cada lluvia tímida? Te sigo encontrando en la silueta de algún humo pecaminoso? Te quiero? Te encuentro, en sueños tristes, aún mas bello que antes? Te quise? 

El chillido estrepitoso del contestador sonó mas fuerte que nunca. Cómo si la última pregunta hubiera detonado el aparato en mil pedazos. Ya no corrían lágrimas por su rostro. Sólo colgaba el tubo y se quedaba allí, sentada en el piso con la mirada perdida. Con el vacío en sus ojos. Preguntándose, cuestionándose, culpándose, mimándose. Quieta, inerte. Tal vez, a veces, con alguna sonrisa esbozando por su boca. Ese sonido siempre fue muy inquietante. Era la constante prueba de que todo tiene un final. Día tras día lo mismo. No importaba si dejaba mil mensajes mas, no, porque ése, particularmente, había finalizado. Y ella nada podía hacer al respecto. Se paraba después de un rato largo. Como si de pronto una fuerza interna la levantara del piso aunque no quisiera. 

Una noche llegó cansada, se preparó un té. Disfrutó cada momento del ritual. Poner la pava en el fuego, preparar las hebras, elegir la cuchara. Cada detalle disfrutado como si fuera la primera vez. La cocina estaba cálida, cómoda, confortable. Buscó el libro y se sentó en la mesita; comenzó a leer cada palabra de esa historia narrada, sumergida en una dimensión interna. El sonido del agua hirviendo la sacó de aquel trance y se ocupó de su tan disfrutado té. Agarró la lata de esas galletitas especiales para este tipo de momentos y como una nena tomó, primero dos y con un gesto de picardía, sacó dos mas. Se quedó ahí sentada, ni el mismo tiempo sabe cuánto. Se refregó los ojos y marcó el libro antes de cerrarlo. Apagó  la hornalla y caminó lenta por el pasillo, apagando todas las luces. Se acercó a la mesa del teléfono, tomó el cable del velador y presionó la perilla. Llegó a su cuarto completamente a oscuras. Lentamente se metió debajo de las sábanas, del acolchado de plumas y se durmió. 

"No puede ser. Esto no funciona. No puede ser." 

Pensó que nunca nada podía ser mas terrible que escuchar su voz todas las noches llorando del otro lado del contestador. Sí había algo mas terrible: escuchar el silencio. Enfrentarse con el vacío de su ausencia. Sentir de pronto, todo junto. Ahogado. Repasando cada palabra anterior. 

Al día siguiente fue lo mismo. Cada día. La soledad empezó a invadir su espacio, y algunas tristezas se transformaron en bronca. Rencor. El quinto día fue crucial. "Basta" gritó, tomó el teléfono y la llamó. No respondió. Cortó casi como queriendo hundir el teléfono en el piso de cemento. Fue al baño, se lavó la cara y miró el espejo. Corrió por el living y agarró otra vez el tubo. 

Estás ahí? Solo quería...pensé que tal vez...mirá, quería saber si estabas bien, porque como de golpe...si, mirá, yo escuché los mensajes, algunos, y me pareció que de golpe...así como si nada...me dejaste de hablar? Conociste a alguien? Respondés mis preguntas mientras las escuchás? No querés hablar mas con mis silencios? Te enojaste? Conociste a alguien? Te lo pregunté ya? Sonreíste? Te olvidaste de mí? 

El primer chillido siempre es omnipotente. Es un corte abrupto; una filosa espada. Asusta. Él tiró el teléfono sin intención. Lloró un rato largo, sentado en el sillón. Tenía frío, estaba descalzo. Como pudo se levantó y cayó sobre la cama deshecha, acurrucándose entre la mezcla de sábanas, acolchado y ropa sucia. 

La noche siguiente fue decidido a la mesa, manoteó el teléfono y marcó. Había estado todo el día pensando qué decirle a esa máquina. Cada frase, cada palabra marcada a fuego en su memoria. Practicó distintos tonos de voz. Marcó. Ensayó en su propia máquina y escuchó una y otra vez sus propios mensajes grabados. Marcó. No era un error. Lo entendió la tercera vez. El mismo maldito mensaje las tres veces. Lloró hasta el cansancio. Hasta no sentir mas su cuerpo; hasta quedarse dormido en el piso. 

jueves, 2 de junio de 2016

ese intoxicante abismo profundo

No me puedo acordar. Tengo una absolutamente increíble charla mental y ahora....blanco total. 
Esa música. Esos lugares. No me puedo concentrar, así no. Así, echada en el sillón, flotando. Balbuceando palabras, sabores, colores. Así, a puro antojo, a puro sentir. 
Vuelvo. No me puedo acordar...
Paula: Me gusta lo que me decís
Alma: Qué bueno...
Paula: Tengo miedo
Alma: No lo tengas
Paula: No me quiero enganchar
Alma: No lo vas a hacer
Paula: Por qué?
Alma: No creo que vaya a permitirlo
Paula: No te querés enganchar?
Alma: No quiero nada que ya no esté teniendo ahora. Así estamos bien
Paula: Estamos? Qué estamos? Qué somos?
Alma: Somos esto. Para qué rotular? Para sentir una falsa seguridad inexistente? Por favor Paula, no te enrosques. 
Me acordé de ella cuando sopló la brisa. Nunca tuvimos esa charla. La brisa trajo  su imágen acostada en la cama. Su bello cuerpo medio cubierto con la sábana blanca. No creo en la religión, pero podría jurar que era un ángel. Se podía sentir la suavidad de su piel con tan solo mirarla. El claro pelo revuelto, posando cansado sobre su espalda. Tocando sus omóplatos. Tan tranquilos, mansos. Envidiaba su cabello afortunado. Sus curvas eran vertiginosas. Mirarlas era sentir un fuego en el pecho. Sentada en el sillón, fumando un cigarrillo, tenía que cruzar las piernas cuando veía sus curvas. Sus piernas no eran una sensación muy diferente. Tan perfectas, tersas, intensas. Siempre que la veía así, recostada, agotada de tanto amar, observando cada rincón de su cuerpo, me quedaba sin aliento. Esos segundos en lo que uno no puede respirar. Y de pronto, esa tan perfecta piel se transformaba. Entendí a la brisa mas que a nadie en el mundo. Incluso a veces, dejaba la ventana medio abierta para que pase y tímidamente pueda disfrutarla. Debo confesar que también empecé a disfrutar esa pequeña imperfección. Tan sensual, tan física. Contradictoriamente ardiente. 
Me acordé de ella. Sus gemidos, sus silencios. Su transpiración, mezclada con su perfume. El mío. Su lengua, filosamente gentil. Eso me gustaba de ella. Sus contradicciones. 
Me miraba tan profundo, que no podía sostener tanta verdad, tanto sentir. Sus manos me acariciaban despacio, fuerte, me apretaba fuerte hacia su pecho. Sus pechos...no puedo pensarlos. No quiero. 
Hermosos. Sensibles. Gotas de lluvia, después una bruma tropical, suaves gotas de rocío. Fuertes, salvajes....no quiero recordar. Sabrosos. Mi lengua extasiada acariciándolos, mordiéndolos. 
No quiero. 
Nunca tuvimos esa charla. Solo se fue. Lo supo. Las dos lo sabíamos. Me abrazó fuerte la última vez. Callé. Disfruté ese abrazo. Me sumergí en él, aunque sabía que era el abismo en su mayor profundidad. Lo disfruté. Detuve el tiempo unos segundos. Éramos solo ella y yo. 
Hubiera tenido razón. 
Se fue. No es que la haya dejado ir. Sería muy soberbio de mi parte pensarlo así. Y muy hipócrita. No quería dejarla ir. No podía. No quería. Esa terrible sensación de egoísmo puro y absolutamente consciente. Se separó lentamente mientras yo intentaba sostenerla despacio. Me sonrió. Me miró a los ojos y sonrió. Tan linda, genuina. Me sacó una sonrisa, me dió tanta ternura que me desbordó el alma. Sonreí casi al borde de las lágrimas. Entonces ella se dió vuelta y se alejó con muchísima firmeza. 
La miré irse en silencio. Tanto que logró ensordecerme. Tanto que se me nublaron los ojos y la perdí en un horizonte difuso. Se me entumeció el cuerpo. 
Decirle. Tantas cosas quería decirle. Hablarle de su piel, de la mía. De las charlas, las lágrimas. Mis lágrimas. Nunca la ví llorar. Eso, decirle que quería verla llorar. Tomar sus lágrimas y consolarla. Pensé tantas cosas hermosas para decirle. Fue en ese momento que entendí por qué se iba. 
Hubiera tenido razón. 
Callé y me sumergí dentro del abismo en su mayor profundidad. En ese tiempo detenido.