Estás ahí?? Siguen tus ávidos ojos leyendo mis temerosas palabras? Sigue tu boca sonriendo ante un diálogo imaginario? Siguen tus manos acariciando la pantalla cuando un recuerdo compartido aparece? Sigue tu respiración quebrándose cuando se traspasa la tristeza por esas letras sueltas? Siguen tus lágrimas cayendo sobre el teclado cuando me imaginás escribiendo?
Sigo pensando en tu sonrisa? Sigo mirando tus ojos iluminados esas tardes calurosas en un baño perdido? Sigo llenando mis silencios con tu carcajada? Sigo ocupando mi inerte cuerpo con el recuerdo de aquel baile de sombreros alegres? Sigo buscando en el espejo, cada mañana, aquel reflejo que me regalaba el de tu casa? Sigo desorientada saboreando esos besos robados?
Estás ahí? Me preguntás cosas en voz baja? Querés saber de mí? Me querés ver? Me querés? Me olvidaste? Me recordás a veces? Sonreís cuando, de vez en cuando, te acordás de mí? Pensás en los aromas? En mi aroma? Recordás cómo olía? Querés recordar? Me escuchás cantando? Te acordás el ruido de mis labios bebiendo? Te acordás de mis labios? El roce con los tuyos? Te acordás?
Te sigo hablando en mis pensamientos perdidos? Te pienso recostado mirando por la ventana aquellas noches de verano? Te sigo escuchando en las gotas de cada lluvia tímida? Te sigo encontrando en la silueta de algún humo pecaminoso? Te quiero? Te encuentro, en sueños tristes, aún mas bello que antes? Te quise?
El chillido estrepitoso del contestador sonó mas fuerte que nunca. Cómo si la última pregunta hubiera detonado el aparato en mil pedazos. Ya no corrían lágrimas por su rostro. Sólo colgaba el tubo y se quedaba allí, sentada en el piso con la mirada perdida. Con el vacío en sus ojos. Preguntándose, cuestionándose, culpándose, mimándose. Quieta, inerte. Tal vez, a veces, con alguna sonrisa esbozando por su boca. Ese sonido siempre fue muy inquietante. Era la constante prueba de que todo tiene un final. Día tras día lo mismo. No importaba si dejaba mil mensajes mas, no, porque ése, particularmente, había finalizado. Y ella nada podía hacer al respecto. Se paraba después de un rato largo. Como si de pronto una fuerza interna la levantara del piso aunque no quisiera.
Una noche llegó cansada, se preparó un té. Disfrutó cada momento del ritual. Poner la pava en el fuego, preparar las hebras, elegir la cuchara. Cada detalle disfrutado como si fuera la primera vez. La cocina estaba cálida, cómoda, confortable. Buscó el libro y se sentó en la mesita; comenzó a leer cada palabra de esa historia narrada, sumergida en una dimensión interna. El sonido del agua hirviendo la sacó de aquel trance y se ocupó de su tan disfrutado té. Agarró la lata de esas galletitas especiales para este tipo de momentos y como una nena tomó, primero dos y con un gesto de picardía, sacó dos mas. Se quedó ahí sentada, ni el mismo tiempo sabe cuánto. Se refregó los ojos y marcó el libro antes de cerrarlo. Apagó la hornalla y caminó lenta por el pasillo, apagando todas las luces. Se acercó a la mesa del teléfono, tomó el cable del velador y presionó la perilla. Llegó a su cuarto completamente a oscuras. Lentamente se metió debajo de las sábanas, del acolchado de plumas y se durmió.
"No puede ser. Esto no funciona. No puede ser."
Pensó que nunca nada podía ser mas terrible que escuchar su voz todas las noches llorando del otro lado del contestador. Sí había algo mas terrible: escuchar el silencio. Enfrentarse con el vacío de su ausencia. Sentir de pronto, todo junto. Ahogado. Repasando cada palabra anterior.
Al día siguiente fue lo mismo. Cada día. La soledad empezó a invadir su espacio, y algunas tristezas se transformaron en bronca. Rencor. El quinto día fue crucial. "Basta" gritó, tomó el teléfono y la llamó. No respondió. Cortó casi como queriendo hundir el teléfono en el piso de cemento. Fue al baño, se lavó la cara y miró el espejo. Corrió por el living y agarró otra vez el tubo.
Estás ahí? Solo quería...pensé que tal vez...mirá, quería saber si estabas bien, porque como de golpe...si, mirá, yo escuché los mensajes, algunos, y me pareció que de golpe...así como si nada...me dejaste de hablar? Conociste a alguien? Respondés mis preguntas mientras las escuchás? No querés hablar mas con mis silencios? Te enojaste? Conociste a alguien? Te lo pregunté ya? Sonreíste? Te olvidaste de mí?
El primer chillido siempre es omnipotente. Es un corte abrupto; una filosa espada. Asusta. Él tiró el teléfono sin intención. Lloró un rato largo, sentado en el sillón. Tenía frío, estaba descalzo. Como pudo se levantó y cayó sobre la cama deshecha, acurrucándose entre la mezcla de sábanas, acolchado y ropa sucia.
La noche siguiente fue decidido a la mesa, manoteó el teléfono y marcó. Había estado todo el día pensando qué decirle a esa máquina. Cada frase, cada palabra marcada a fuego en su memoria. Practicó distintos tonos de voz. Marcó. Ensayó en su propia máquina y escuchó una y otra vez sus propios mensajes grabados. Marcó. No era un error. Lo entendió la tercera vez. El mismo maldito mensaje las tres veces. Lloró hasta el cansancio. Hasta no sentir mas su cuerpo; hasta quedarse dormido en el piso.
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