Esa música. Esos lugares. No me puedo concentrar, así no. Así, echada en el sillón, flotando. Balbuceando palabras, sabores, colores. Así, a puro antojo, a puro sentir.
Vuelvo. No me puedo acordar...
Paula: Me gusta lo que me decís
Alma: Qué bueno...
Paula: Tengo miedo
Alma: No lo tengas
Paula: No me quiero enganchar
Alma: No lo vas a hacer
Paula: Por qué?
Alma: No creo que vaya a permitirlo
Paula: No te querés enganchar?
Alma: No quiero nada que ya no esté teniendo ahora. Así estamos bien
Paula: Estamos? Qué estamos? Qué somos?
Alma: Somos esto. Para qué rotular? Para sentir una falsa seguridad inexistente? Por favor Paula, no te enrosques.
Me acordé de ella cuando sopló la brisa. Nunca tuvimos esa charla. La brisa trajo su imágen acostada en la cama. Su bello cuerpo medio cubierto con la sábana blanca. No creo en la religión, pero podría jurar que era un ángel. Se podía sentir la suavidad de su piel con tan solo mirarla. El claro pelo revuelto, posando cansado sobre su espalda. Tocando sus omóplatos. Tan tranquilos, mansos. Envidiaba su cabello afortunado. Sus curvas eran vertiginosas. Mirarlas era sentir un fuego en el pecho. Sentada en el sillón, fumando un cigarrillo, tenía que cruzar las piernas cuando veía sus curvas. Sus piernas no eran una sensación muy diferente. Tan perfectas, tersas, intensas. Siempre que la veía así, recostada, agotada de tanto amar, observando cada rincón de su cuerpo, me quedaba sin aliento. Esos segundos en lo que uno no puede respirar. Y de pronto, esa tan perfecta piel se transformaba. Entendí a la brisa mas que a nadie en el mundo. Incluso a veces, dejaba la ventana medio abierta para que pase y tímidamente pueda disfrutarla. Debo confesar que también empecé a disfrutar esa pequeña imperfección. Tan sensual, tan física. Contradictoriamente ardiente. Me acordé de ella. Sus gemidos, sus silencios. Su transpiración, mezclada con su perfume. El mío. Su lengua, filosamente gentil. Eso me gustaba de ella. Sus contradicciones.
Me miraba tan profundo, que no podía sostener tanta verdad, tanto sentir. Sus manos me acariciaban despacio, fuerte, me apretaba fuerte hacia su pecho. Sus pechos...no puedo pensarlos. No quiero.
Hermosos. Sensibles. Gotas de lluvia, después una bruma tropical, suaves gotas de rocío. Fuertes, salvajes....no quiero recordar. Sabrosos. Mi lengua extasiada acariciándolos, mordiéndolos.
No quiero.
Nunca tuvimos esa charla. Solo se fue. Lo supo. Las dos lo sabíamos. Me abrazó fuerte la última vez. Callé. Disfruté ese abrazo. Me sumergí en él, aunque sabía que era el abismo en su mayor profundidad. Lo disfruté. Detuve el tiempo unos segundos. Éramos solo ella y yo.
Hubiera tenido razón.
Se fue. No es que la haya dejado ir. Sería muy soberbio de mi parte pensarlo así. Y muy hipócrita. No quería dejarla ir. No podía. No quería. Esa terrible sensación de egoísmo puro y absolutamente consciente. Se separó lentamente mientras yo intentaba sostenerla despacio. Me sonrió. Me miró a los ojos y sonrió. Tan linda, genuina. Me sacó una sonrisa, me dió tanta ternura que me desbordó el alma. Sonreí casi al borde de las lágrimas. Entonces ella se dió vuelta y se alejó con muchísima firmeza.
La miré irse en silencio. Tanto que logró ensordecerme. Tanto que se me nublaron los ojos y la perdí en un horizonte difuso. Se me entumeció el cuerpo.
Decirle. Tantas cosas quería decirle. Hablarle de su piel, de la mía. De las charlas, las lágrimas. Mis lágrimas. Nunca la ví llorar. Eso, decirle que quería verla llorar. Tomar sus lágrimas y consolarla. Pensé tantas cosas hermosas para decirle. Fue en ese momento que entendí por qué se iba.
Hubiera tenido razón.
Callé y me sumergí dentro del abismo en su mayor profundidad. En ese tiempo detenido.
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