lunes, 16 de junio de 2014

el mejor momento de la velada

Adoraba verla alejarse de la cama desnuda. Era la mejor parte de la noche. Cuando ella se levantaba, él se acomodaba como si estuviera a punto de ver una obra de teatro. Preparaba cada detalle para que nada pudiera interrumpir esos gloriosos minutos. Giraba en torno a ella y sostenía su cabeza con la mano, apoyando su codo en la almohada. Si había una silla con ropa colgada, la corría rápidamente de una larga patada. Nada iba a impedir el mejor momento de la velada. 
Ella se sentaba en la cama, segundos antes de levantarse, y los ojos de él parecían dilatarse como solo una dulce y atractiva droga podría hacerlo. Su pulso se aceleraba, la boca se resecaba y sus manos comenzaban a temblar. 
Tan atractiva silueta caminaba lento, casi detenida en el tiempo. Y él sentía que de pronto nada mas existía en aquella sucia habitación de hotel barato. Sentía que esa esbelta, larga, infinita mujer caminaba hacia un horizonte ficticio. Disfrutaba cada paso que ella daba, hasta que las sombras la devoraban con su inmensa oscuridad; hasta que ya nada quedaba de ella, salvo el rastro de aquel perfume barato que se mezclaba con el olor a humo rancio y sexo desenfrenado. 
"El mejor momento de la velada", decía para sí mismo. Cada vez registraba casi fotográficamente una parte distinta de su cuerpo. Tal vez sus manos, con aquellos dedos largos y finos de pianista. O sus pies, flacos y deformes con una belleza rústica que él adoraba. Sus ojos, grandes, pardos, tristes y por momentos (si la noche no había tenido ninguna mala experiencia) apasionados. 
Inventaba escenarios distintos para sus piernas: a veces eran húmedas cascadas que caían vírgenes desde el cielo, con un arco iris atravesándolas; otras, eran rojos volcanes del infierno, escupiendo lava hirviendo en cada paso. Le provocaban tanta imaginación ese par de piernas interminables, que él mismo se sorprendía.
Ella lo conocía muy bien. Hacía años que se encontraban el mismo día, a la misma hora, en el mismo lugar. "Algún día te vas a cansar de mi. Va a llegar el día en el que hayas visto cada detalle, cada centímetro de mi cuerpo y te vas ir, como hacen todos, como corresponde". Ella no era de hablar mucho, pero a veces, solo a veces, dejaba salir su dulce voz con esa frase. Con ese oculto pedido de permanencia. Él la escuchaba detenidamente, interpretando lo que para él, ella decía. "No me voy a ir Ana, no podría". Y lo cierto era que cada palabra de aquella respuesta era la única verdad que él sentía había dicho en su vida. Porque lo había intentado, quiso irse, alejarse de ella, de sus ojos, sus piernas, sus manos, de su pelo desteñido, de su cuerpo cansado. Realmente quiso hacerlo, pero no pudo. 

Con ella sentía que el universo, por dos horas, se detenía. Que el tiempo ya no era tiempo, como si todo el resto de la existencia quedara inmovilizada. Todo inmerso en una nada. Sin tiempo, ni espacio, ni lugar, ni vida, ni muerte. Solo ellos dos, solo esa silueta esfumada en ese horizonte mágico que lo hacía sonreir a cada paso. Tan bella, tan ella. Perfecta a sus ojos. 
Sus brazos parecían perforar el aire como espadas filosas; otras veces eran finas cañas de bambú que susurraban con el viento una melodía dulce, largos juncos que se doblaban en el aire sin quebrarse. Tan frágiles pero resistentes eran sus largos brazos. A veces lo abrazaba, y él sentía que era feliz. Tan feliz. Envuelto en esos brazos parecía estar en un mundo melódico, como si fuera parte de una canción, un saxo sonando a lo lejos. Tan feliz.
El día que quiso dejarla fue porque se asustó. Tuvo tanto miedo de perderla para siempre. Esa noche todo era tan perfecto, tan puro. La música acompañaba cada movimiento sensual que ella hacía. Brillaba, brillaba tanto como el entero firmamento y su infinidad de estrellas. "Es tan especial" pensaba mientras sentía su sexo bien adentro de su flamante figura. La miraba fijo a los ojos mientras ella sudaba como el rocío que se posa sobre una rosa en la noche. "Es tan perfecta" y sus ojos se cruzaron. Por un minuto ella sostuvo su mirada en los ojos de él. Lo sorprendió, se sintió expuesto, y exultante a la vez. Estaban sentados en la cama, ella sobre él. Los dos desnudos, transpirados, agitados. Él puso su mano derecha suavemente sobre su mejilla, ella desvió la mirada, pero él la volvió a traer con su otra mano en la otra mejilla; y una vez conectados, en ese momento en el que no había nada mas qué él y ella, unidos, entrelazados, le dijo "te amo". Nunca había visto los ojos de ella abrirse tan grandes, tan sorprendidos, con una rara mezcla de terror y compasión. "Perdón" le dijo él, con la voz quebrada. Ella siguió como si nada hubiera pasado. Esa noche él decidió dejarla, irse lejos para no volver. Cumplir la profecía que ella pregonaba de vez en cuando. No pudo. 
Algunas noches, cuando el sueño no lo acompañaba y el whisky barato se había acabado, repasaba una y otra vez su cuerpo alejándose. Se dormía pensando que podría ver esa imagen cada noche, todas las noches, toda la eternidad. Pero la economía de un escritor mediocre solo podía costear una noche por semana. 
La mejor noche de la semana...el mejor momento de la velada.

 https://www.youtube.com/watch?v=PZVE9OqqhZk



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