A veces todo pesa. Pesa en el cuerpo, en el alma. Como una gran bola de boliche que arrastramos sin querer.
Pesa el aire que entra en los pulmones. Pesa la noche. La cama.
Pesa el viento que nos toca la cara. La cotidianidad que nos rodea. El saberse libre sin sentirlo.
Pesa el hambre, la falta de hambre, las náuseas que sentimos por el simple hecho de ser.
Pesa salir al balcón, pero aún mucho mas, volver a entrar.
Pesa el estar parada; acostada; caminando. Pesa la quietud, el silencio, la ausencia. Eso pesa mas, la ausencia.
Pesa el silencio, los ruidos. La oscuridad de la noche. La luz artificial que ilumina estas palabras.
Pesa el no parar de sentir.
Pesa el corazón latiendo, la sangre fluyendo y la mirada perdida que todo lo ve.
Pesa el recuerdo, el vómito de la bronca. Y la ausencia otra vez.
Pesa cada rincón del hogar, cada aroma, cada detalle que irrumpe la blanquecina pared.
A veces todo pesa. El encontrarse perdida, ausente. El "aquí y ahora". Pesa la fantasía, el sexo, el no encontrar una mirada, una palabra que calme el volcán de angustia a punto de estallar.
Pesa el techo, el piso y las cuatro paredes que encierran el descontento.
Qué se hace con tanto peso? Qué se hace?
Espero paciente o impaciente que el cálido sueño termine con tanto vacío, para volver a empezar. Para tratar de sentir que en algún momento la cadena de ese peso se va a romper y va a permitir la elevación que tanto anhelo. Poder flotar por el aire para que el sentir no duela mas.
A veces todo pesa, pero también, a veces, todo pasa.
Confío en que pronto, todo va a pasar y esto será un vago recuerdo de un momento al cual no voy a volver jamás.
Espero que pronto, ya todo deje de pesar.
¡Muy bueno!
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